Si alguna vez te has preguntado qué pasaría si te enfrentaras a los siete pecados capitales con más sarcasmo que reverencia, Four Last Things tiene la respuesta, y no, no te la va a dar en serio.
Todo comienza con un hombre que se despierta de una pesadilla y, por temor al castigo divino, decide lo primero que debe hacer: confesarse. El giro llega pronto: resulta que no puede confesar sus pecados cometidos en otras parroquias. Y así, gracias a los tecnicismos de la Iglesia, se ve obligado a cometer de nuevo los siete pecados capitales dentro de los límites en cuestión. Y si esto no te parece ya un buen comienzo, toda esta escena transcurre mientras suena Premier livre d'orgue, Suite du deuxième ton: Basse de cromorne — la melodía más destacada del juego a mi parecer, que añade un toque de dramatismo a lo que ya es completamente absurdo. Una forma sublime de introducirnos desde un primer contacto ante lo que tenemos delante.
Ahondando un poco más en nuestro peculiar protagonista, Jacob van Utrecht, es una figura memorable no solo por su torpeza, sino también por su capacidad de convertir cada situación en una oportunidad para lucir ridículo. Jacob no es un héroe tradicional, sino un hombre atrapado en una serie de situaciones absurdas que solo parecen empeorar mientras avanza. Su caracterización es un excelente ejemplo de lo que Four Last Things hace mejor: crear personajes que, lejos de ser grandiosos o épicos, se ganan tu simpatía por su carácter fallido y su inquebrantable disposición para meterse en líos. Es, por decirlo de alguna manera, el protagonista más humano que podrías encontrar en un título lleno de sátiras y desdichas.
A lo largo del juego, te verás inmerso en un entorno donde los pecados capitales se irán presentando de diversas formas, con situaciones que desafían cualquier lógica. Las bromas sobre la religión y los personajes históricos le dan un giro inteligente a la narrativa, manteniendo siempre esa esencia de parodia que resulta tan atractiva como interesante.
La historia en sí no es nada complicada o profunda, y, honestamente, no creo que nadie espere que lo sea. Aún así, tiene suficientes recursos para engancharte con su originalidad, desde los juegos de palabras, el humor surrealista y la ironía que te sumergen en un mundo que, en lugar de ser un viaje espiritual, te invita a ver la vida desde una perspectiva un poco más disparatada.
En cuanto a la ambientación, Richardson, logra subvertir la gravedad y el dramatismo de los cuadros medievales. Los retratos se sienten vivos: borrachos tirados por el suelo, individuos rompiendo la cuarta pared, y otros bailando con una coreografía tan ridícula como hilarante. Son estos pequeños detalles los que otorgan a este título su carácter único.
Algo importante a destacar, son las obras musicales, que van más allá de ser un simple acompañamiento. En cada escenario, la música se funde con lo visual, añadiendo danzas medievales que no solo alegran los oídos, sino que invitan a unirse en el baile con los personajes que, en lugar de estar estáticos, aparecen tocando diversos instrumentos.
En cuanto a la jugabilidad, Four Last Things ofrece una serie de puzzles sencillos, pero que encajan perfectamente en el tono general del juego. No es un reto intelectual, sino algo más relajado y entretenido. El enfoque está en explorar, interactuar con los personajes y resolver situaciones con soluciones ingeniosas (o no), pero siempre con ese toque de humor que hace que cada diálogo y desafío sea más ocurrente que desafiante.
En menos de tres horas puedes completar la historia, y aunque podría parecer poco, esta brevedad le da un ritmo perfecto para lo que tiene que contar. No necesita extenderse más allá de lo que ofrece, pues su corta duración, en muchos aspectos, forma parte de su encanto.
En un mundo donde muchos videojuegos se toman demasiado a pecho, este es el soplo de aire fresco que no teme burlarse de todo, atrapándonos con su peculiar encanto. Es breve, es absurdo, pero nos demuestra que no hace falta tomarse la vida tan en serio para crear algo memorable.